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Al nacer el día, de Goran Paskaljevic

Amanece

7088   Las películas del serbio Goran Paskaljevic generalmente excelentes, ofrecen dos grandes peculiaridades: su adscripción a las historias de sus conciudadanos en los momentos de realización del film y la enorme suma de referencias acerca de la complejidad y carencias de los seres humanos. Así, al tiempo que proponen una lectura absolutamente universal, sus películas permiten una reconstrucción de la historia y de los problemas que vive su país, sea Serbia o el conjunto de la ya desaparecida Yugoeslavia. Si uno empieza, por ejemplo, en 1987, con su Ángel guardián, y luego continúa con Tiempo de milagros (1988), Tango argentino (1992), La otra América (1995), El polvorín (1998), El sueño de una noche de invierno (2004), Optimistas (2006) y Honeymoons (2009), hasta llegar al film que ahora nos ocupa logrará dar con una imagen certera de la historia y de las tensiones reales de aquellas gentes balcánicas. Evidentemente, el tema de la identidad que plasma Al nacer el día resulta tan universal y generalizable que cualquier relato sobre la guerra de España, el exilio, la educación en la posguerra, las guerras fratricidas, los genocidios, las diásporas, los desaparecidos, los secuestrados, etc., de cualquier parte del mundo se refleja en un film que sigue meticulosamente a su protagonista, encarnado por Mustafa Nadarevic. Al-nacer-el-día-2

   El viejo profesor de música jubilado —atención a la fascinante importancia que cobra aquí la música, el modo cómo se interpreta, el lugar y el público, además de contar con Vlatko Stefanovski, discípulo de Zoran Simjanovic, compositor de bandas sonoras para numerosos films y de un himno para la Mostra de Valencia en los inolvidables años ochenta— ha vivido una larga y honesta vida que aparece cuestionada al recibir una carta que le pide que contacte con el Museo Judío de Belgrado. Cuestionada en su persona, en su identidad, y en el significado de determinados paisajes, como ese antiguo recinto ferial que fue un tiempo campo de concentración de judíos y gitanos serbios durante la Segunda Guerra Mundial. El reconocimiento y la reinterpretación de esos paisajes y de la propia identidad se desarrollan, además, desde una perspectiva de emoción y asombro, la misma que sentríamos cualquiera de nosotros descubriendo uno de esos sentidos. El viejo profesor, fácil de identificar con el anciano de la mítica Fresas salvajes, de Bergman, pero más próximo y contextualizado en el mundo que nos rodea, efectúa ese difícil e imprescindible viaje, hacia sí mismo y hacia los demás, reivindicando nuevos valores a la luz de los acontecimientos. Amanece, el día nace, nada más lejos de tanta actitud crepuscular…

Antonio Llorens

Acerca de José María Álvarez

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